Nueva mirada de la costa: corrientes y sedimentos

Comenzamos la tercera salida de la temporada de Ingebike de la Universidad de Cantabria el sábado 2 de Mayo, en el embarcadero de Pedreña.

Sin embargo, vino con un asistente que se adelantó a las previsiones: la meteorología. Estábamos casi seguros que al final de la mañana el día se pondría feo, pero la tormenta se adelantó, hasta con algún trueno, pero las ganas que teníamos de saber que es la Ingeniería Costera no nos frenó, pero si nos hizo cambiar de ruta: cambiamos el precioso mirador del Urro de Elechas por refugio bajo una tejavana en el Golf de Pedreña, y allí, a cubierto, comenzó lo interesante.

Sonia Castanedo nos abrió los ojos a algo que muchos no sabíamos: la Bahía de Santander no es solo una bahía, sino un estuario. Es decir, un lugar donde se mezclan el agua dulce que llega de los ríos, el Miera, que se transforma en la Ría de Cubas y la Ría de Astillero; y el agua salada del mar. Y esa mezcla no es tranquila: con cada marea, el agua entra y sale y se mezcla con la que traen las rías, moviendo también arena y sedimentos. Y cada uno de esos flujos lucha por imponer sus condiciones, según las leyes de la física y de la dinámica; sin concesiones.

Pero se nos ha olvidado algo importante: nosotros también estamos en esta pelea, y además no lo hacemos como espectadores pasivos. Nos encanta vivir en este espacio, establecernos y desarrollar nuestras actividades. Y también disfrutar del mar, paseando por la orilla, nadando o jugando con las olas. El tema quedó planteado.

Y para entender de dónde venimos, nos enseñó un mapa de 1840, accesible en la fototeca del Instituto Geográfico Nacional. Tenemos que reconocer que nos costó ubicarnos, pero encontramos referencias: la isla de Mouro, La catedral en la costa, La isla del Oleo, el poblado de Somo,… La bahía ha cambiado muchísimo, y no solo por causas naturales, sino fundamentalmente por lo que hemos hecho las personas a lo largo del tiempo. Y en el ámbito cartográfico, nuevamente queda claro que los topónimos siempre tienen un origen, y entendimos porqué hay una calle llamada La Isla del Oleo en Nueva Montaña: esa zona era una península.

Conocidos los tres actores en juego, entendimos una idea clave: la arena nunca está quieta. Se mueve constantemente en un triángulo entre el interior de la bahía, la entrada (la bocana) y el mar abierto. Cuando sube la marea, las olas empujan arena hacia dentro. Cuando baja, en el vaciado, las corrientes la arrastran hacia fuera. Y así, en un ciclo continuo. Todo depende de cuánta agua entra y sale en cada marea: cuanto más volumen, más fuerza tienen estos procesos. Y este volumen, que le llamó el prisma de marea, caracteriza a cada estuario en cada momento.

Y esta realidad hace que cualquier intervención humana que exista, por necesidades de nuestra sociedad, como puede ser un muelle, tener arena en la playa, mantener una canal para el acceso de los barcos al puerto, un puente para comunicar las orillas, ,,, tenga consecuencias en todo el sistema. Y ahí entra la Ingeniería Costera: intentar entender todo esto para actuar sin romper el equilibrio.

Pero, claro, adelantarnos a los resultados: no vale hacer lo que queremos o creemos que necesitamos, y a ver que pasa… Hay que concretar el nuevo escenario que queremos, modelizar la costa, la batimetría; imaginar que condiciones pésimas de oleaje y de corrientes se van a producir, donde se producirán los nuevos equilibrios, en que localizaciones se depositarán los sedimentos, … Y valorar el efecto de la nueva actuación: ¿es compatible con el medio que queremos? ¿es sostenible en el tiempo? ¿es económicamente viable? ¿hay que plantear un nuevo escenario? ¿qué incertidumbres tiene nuestra modelización? … Ingeniería en estado puro: aplicar conocimiento para tomar las mejores decisiones.

Mientras, Javi Sánchez, que estaba con el rabillo del ojo mirando al cielo y con el otro en una aplicación en el móvil de radar del tiempo, aventuró que el tormentón ya había pasado y que había que seguir la ruta hasta la nueva parada: el mirador de Los Tranquilos.

Allí, Fernando Méndez tomó el relevo y nos enseñó a mirar la mar de otra forma. Playas como Somo, Loredo o El Puntal dejaron de ser solo las playas para convertirse en sistemas dinámicos.

Escuchándole, y ayudados por los movimientos de sus manos que no paraban de subir, bajar, ondular, señalar, … descubrimos que las olas no llegan “porque si”, sino que cambian gobernadas por la forma de la costa y el fondo marino, lo que vemos, y lo que imaginamos. Y responden: se doblan, se dispersan, rebotan, reducen velocidad, rompen de distintas maneras, generan corrientes peligrosas, interactúan con el fondo, lo modifican, una y otra vez, sin parar nunca … Y lo hacen según unas formulaciones y leyes físicas conocidas, pero complejas, muy complejas, de aplicar, que afortunadamente no trató de explicarnos …

Y que todo empieza muy lejos, en el océano, mar adentro. Y que hoy día, además, ese comportamiento se puede observar casi en directo gracias a imágenes satelitales, y a redes de monitorización formadas por boyas y mareógrafos que describen el clima marítimo. Nos contó que en el pasado, las observaciones de la altura de ola y frecuencia las reportaban los marinos en sus travesías y compartían para su conocimiento, conscientes de la importancia de esos datos, imposibles de obtener de otra forma pero absolutamente vitales para comprender el oleaje.

La última parada fue Langre, una playa abierta al mar, encajada entre altos acantilados y llena de surfistas. Apta para deportes acuáticos, pero menos para bañistas de toalla … Allí, desde nuestro mirador en altura, Sonia y Fer nos ayudaron a entender porqué las olas rompen justo donde lo hacen… y porqué los surfistas se colocan exactamente en esos puntos y evitan las zonas de corrientes. Es una playa ideal para aprender de dinámica y de hecho, es uno de los laboratorios reales del grupo de investigación, que monitorizan con drones.

También descubrimos algo que nos desconcertó, en lo que nunca habíamos caído: no existe una playa “perfecta”. Depende de para qué la queramos, debemos actuar de una forma o de otra, o simplemente, no actuar. No busca lo mismo quien va a bañarse y nadar, sin asumir riesgos de corrientes, que quien quiere surfear y coger la ola de su vida. Por eso, diseñar, proteger o intervenir en una playa implica tener en cuenta muchos factores: la forma de la costa, el tamaño de la arena, la pendiente, … incluso su color.

Y de nuevo, mirando de reojo a las nubes, cuando el color torno amenazante otra vez, la prudencia y la hora nos aconsejó volver a nuestras bicis y pedalear con ganas. Regresamos por el carril bici entre Galizano y Somo, casi volando literalmente, cerrando la ruta en Pedreña.

Sin duda, nos fuimos con otra mirada sobre la costa… Como grupo de amigos, nos despedimos con ganas de la siguiente salida.

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